Mitología e Historia


 



Llamamos mito a un relato fundacional que describe la actuación ejemplar de unos personajes extraordinarios en un tiempo memorable y lejano. El mito versa sobre las hazañas y penalidades de unos héroes y mártires que son los padres de nuestro linaje. Su conducta encarna los valores que deben regir de manera imperecedera nuestra comunidad. No es historia, claro, porque no se basa en hechos documentados. Pero de ningún modo es un mero relato de ficción, al servicio del entretenimiento, pese a que su belleza formal también pueda hacerle cumplir esa función. Responde, por el contrario, a una pregunta existencial: narra la creación del mundo, el origen de la vida o la explicación de la muerte. Está basado en oposiciones binarias: bien/mal, dioses/hombres, vida/muerte. Expresa deseos (que el héroe intenta llevar a la práctica), perversiones y temores (encarnados en monstruos), e intenta reconciliar esos polos opuestos para paliar nuestra angustia. El mito es, algo que explica el sentido de la vida y de la muerte. No es, en modo alguno, inocuo. Está cargado de símbolos, de palabras y acciones llenas de significado.

 



El caso del Mito de Teseo y el Minotauro se ajusta a lo mencionado. El comportamiento de Teseo hoy en día sería al menos discutible, pero, para los griegos de la antigüedad fue ejemplar. Con un ardid logra vencer los obstáculos y volver a su Atenas natal.

¿Es todo ficción lo que se narra? En el Mito encontramos elementos corroborados por la historia y la arqueología:

·         Creta hacia el 1.400 AC dominaba el mediterráneo occidental.

·         Atenas y otras ciudades le estaban sometidas.

·         Una vez sometida una ciudad era común llevarse a los herederos al trono como rehén.

·         La tauromaquia y la cría de ganado vacuno eran muy importantes.

·         Cnosos, el palacio real, tenía forma laberíntica.

·         El papel de la mujer como tejedora era muy importante en la Grecia antigua.

 

 Heinrich Schliemann, el alemán que hace 150 años descubrió Troya

Desde su infancia, el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann estaba obsesionado con el mito de la antigua Troya. Hace 150 años comenzaron las excavaciones de la ciudad que, hoy día, sigue fascinando a muchas personas.

 

Una armada griega navegó hacia el este para liberar a Helena, la mujer más hermosa del mundo, que había sido secuestrada y llevada a Troya. Tras diez años de sitio, la ciudad pudo ser conquistada con ayuda de un truco: los guerreros griegos se escondieron en el interior de un enorme caballo de madera, que los habitantes de Troya introdujeron en su ciudad, ignorando el contenido en el cuerpo del animal. Esto fue el principio de su fin.

La Ilíada, la obra literaria en la que el poeta griego Homero cuenta esta historia de la Antigüedad, ha fascinado a generaciones, manteniendo vivo el mito de la ciudad perdida.

El relato de Troya también fascinó a Heinrich Schliemann. A sus siete años de edad, se interesó sobre todo por una imagen de la ciudad en llamas que encontró en un libro de historia universal para niños. En aquel entonces, no podía imaginarse que la muralla ya no pudiera existir. Fue así como decidió excavar Troya. Durante más de 40 años no desistió de su plan, hasta que, finalmente, comenzó a excavar la antigua ciudad el 9 de abril de 1870.  

 

En busca de Troya con la Ilíada en manos

Schliemann fue un soñador porque viajó por Turquía en búsqueda de Troya, basándose para ello en la Ilíada de Homero. Pero también fue un genio, puesto que, a finales del siglo XIX, inventó métodos de investigación que se siguen usando hoy día. 

No obstante, sigue siendo una figura controvertida, muchos lo ven como un aventurero y no como un arqueólogo. Después de todo, no le importaba agregar a sus apuntes historias inventadas.

Además, muchos investigadores, como su principal competidor, Ernst Curtius, criticaron que en sus excavaciones destruyera importantes huellas de asentamientos. En Inglaterra, en cambio, fue celebrado como el heroico descubridor de la mítica Troya.  

 



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